El juego. Relato con un toque gore

Hace rato que no actualizaba la sección de relatos y creo que, para considerarme un escritor, es algo triste. No porque sea una de las mejores secciones o sienta envidia de los que lo hacen, sino porque los escritos son la carta de presentación de todo autor.

Por esa razón hoy leerás uno de los relatos más interesantes que poseo: una combinación de puntos de vista, miedo y gore. Espero les guste. Además, entonces le guiñaba el ojo al cliffhanger.



Samanta

Nunca había imaginado, ni siquiera en sus peores días, que moriría tan joven, sin haber conocido el mar ni haber perdido la virginidad en manos de David Shepard. Simplemente, era inconcebible pensar que aquella invitación a pasar el fin de semana en casa de Laura Perkins hubiese abierto las puertas del mismo infierno para ella y sus amigas.

─Samanta ─llamó. Era ella, la madre de Laura, la «mujer ballena», como le decían en la escuela. Una mujer gorda, de piel afectada por el acné y de hablar rítmico, como si estuviera cantando todo el tiempo. El cuerpo de Samanta empezó a vibrar sin control. Debía tranquilizarse o la encontrarían. ─¿Dónde te has metido?

Minutos antes, justo en el momento en que la casa quedó sumida en la oscuridad total, intentó correr pero chocó de frente con alguien, por lo que giró desorientada. Trastabilló, cayó y se topó con las escaleras. Subió gateando, arañando la baldosa y sin atreverse a mirar atrás, donde los gritos de terror ahora eran súplicas. Atravesó un pasillo bañado de sombras, giró la primera perilla que halló y entró jadeando, mientras negaba con la cabeza e intentaba hallar una explicación racional a lo que acababa de suceder. ¿De eso trataba el juego?

Ramona

El martillo aplastó el último vestigio de María, la menor de las compañeras de su hija, y la sangre le salpicó el rostro con la suavidad de una llovizna en medio del verano. Sonrió encantada, disfrutando del miedo que flotaba en el aire y del hermoso paisaje a su alrededor, a pesar de la oscuridad. Detrás de ella, junto al sofá de la abuela, su esposo Amaranto extraía con un sacacorchos el globo ocular de una de las niñas, a quien no logró identificar, pero que más tarde resultó ser Camelia, una tonta pelirroja de cintura estilizada y grandes senos.
Una electrizante sensación de satisfacción recorrió su columna vertebral y se escabulló entre sus adiposas nalgas, emoción que solo sentía cuando jugaban. Todo era perfecto. La luz se había ido en el instante en que las seis niñas reían sentadas sobre la alfombra de la sala, cuando Amaranto esperaba tras la puerta de la cocina, y ella disimulaba, con verdadera calidad histriónica, verificar que el plato de las galletas cumpliera con los estándares que obligaban las leyes de la hospitalidad.

Melissa

La chica, quien conocía bastante bien la distribución del mobiliario en la casa de los Perkins, dudó por un momento de la veracidad de aquello que llamaban «el juego». Comprendió demasiado tarde que se trataba de un macabro y perverso ritual familiar en el que, para su propia desgracia, participaban como presa o sacrificio.
Se desplazó con una agilidad casi felina desde la sala hasta la cocina, donde, gracias al resplandor proveniente del patio trasero, logró esquivar a alguien que con torpeza intentó golpearle. Al parecer, su atacante permaneció rezagado tras la puerta esperando el momento en que se apagaran las luces.
Pateó una puerta y se encontró con un vasto terreno de maleza espesa conformada por hierbajo espinoso y reseco que crecía uniforme, como una muralla casi impenetrable, pero que daba con la casa contigua, desde donde una luz triste y lejana le servía de guía. Solamente debía llegar allí. Escuchó pasos a su espalda. Rápidos y cada vez más cerca. Alcanzaría aquella luz y alertaría sobre lo que estaba sucediendo. Las chicas contaban con ella. Si era necesario, la misma Armada Nacional se encargaría de esa familia. 
Avanzó, y una vez se abrió paso entre la maraña marchita, sintió cómo cientos de espinos se clavaban en todo su ser. «Nada puede ser peor que morir en manos de esos locos». La luz, como una señal divina, se alzaba en la distancia y la llevaba hacia la libertad, hacia la vida.

Samanta

Se arrastró desde su posición, debajo de la cama, hasta quedar a un paso de la puerta. Agudizó sus sentidos. Silencio. Demasiado silencio. La voz de la «mujer ballena» se había apagado de repente, como si estuviese muerta, «o escondida en el pasillo». Esperó y se cubrió la boca con las manos para no hacer ruido al llorar. Elevó una súplica esperando un milagro que nunca ocurrió; una intervención celestial, o una muerte rápida, sin dolor. Se preguntó qué sería de las muchachas.
Su escondite era una habitación de niños, con carteles en las paredes, ositos de felpa y pegatinas en el tejado que brillaban como estrellas. Le recordaba su habitación de pequeña pero no pudo imaginarse durmiendo allí, a sabiendas de que sus padres eran sádicos enfermos.
Escuchó voces afuera. Era ella, había regresado. Samanta sintió demasiado frío. Pero no estaba sola. Reconoció al señor Amaranto, o «el señor palillo», el patético y enfermizo padre de Laura Perkins. «Maldita perra». Hablaban en voz baja, casi cuchicheando. Intentaron girar la perilla, pero el seguro evitó que entraran. Siguieron forzándola, y tras fallidos intentos golpearon con fuerza.

─¿Quién se esconde de Ramona? ─susurró la «mujer ballena», con suavidad y ternura─. No tienes salida, pequeña. Puedo oler tu miedo y sé que te hiciste en las bragas, niña. Ábreme y te dejaré ir. Lo prometo.

Pronto sus lágrimas se secarían y tendría que gritar. Se oyó un tintineo. El sonido de la llave en la cerradura hizo que la perilla volviese a girar sin éxito. Debía salir de allí y encontrar a las demás muchachas. De seguro Melissa sabría qué hacer. 
Corrió hasta el otro extremo de la habitación. Entre una caja de juguetes encontró un bate de béisbol y se aferró a él con pasión, dispuesta a no llorar más. El tintineo y el movimiento de la perilla habían terminado. Se dejó caer al suelo y sonrió. Solo debía esperar a que amaneciera.

De repente la perilla giró con una facilidad aterradora. Una figura imponente y grotesca atravesó la puerta con pasos pesados y lentos. Sus miradas se encontraron, y los dientes de la «mujer ballena» iluminaron la instancia.

─El juego terminó, Samanta ─canturreó la gigantesca dama─. ¿Algo qué decir?
─Sí ─contestó la chica, mientras se apoyaba en el bate y se ponía de pie─. Aún no hay ganador.

Melissa

─Come, pequeña, come ─susurró la anciana introduciendo la cuchara en la boca de Melissa, con delicadeza─. Debes recuperar tus fuerzas.

Desde que había despertado, Melissa apenas podía moverse lo suficiente para levantar la cabeza y responder a los cuidados de su protectora, una agradable mujer de piel negra y escaso cabello plateado que se presentó como Deisy, y que se había encargado de curar las múltiples laceraciones recibidas en el siniestro patio de los Perkins. Sus recuerdos de aquella noche no eran más que una terrible pesadilla que se repetía en cuanto cerraba los ojos.

El timbre en la puerta hizo que la anciana dejara el plato con el caldo de pollo sobre la mesa, junto a la cama.  Tras excusarse, abandonó la habitación. No sabía cuánto tiempo llevaba bajo su cuidado, pero la mujer se había mostrado diligente y cuidadosa, como la abuela que nunca conoció.

Con dificultad hizo a un lado una gruesa cobija de lana y se descubrió desnuda, cubierta de cicatrices y hematomas. Negó con la cabeza. Todo terminó, era una sobreviviente.

Se sentó en el borde de la cama y contempló con atención el lugar. La escasa luz que atravesaba una polvorienta ventana iluminaba algunos estantes atiborrados de figuras en miniatura y un par de sillas reclinables de madera. No había más. Comprendió que Deisy debía vivir sola y que poco o nada dedicaría al mantenimiento de su casa. Levantó los hombros y tanteó ponerse en pie.

Cayó de bruces y se arrastró con los codos hasta la ventana. Con dificultad se levantó y apenas logró estar a la altura de la ventana, que limpió burdamente usando el antebrazo. El sol quemó su rostro sudoroso pero se sintió a gusto. Confirmó que se encontraba en una planta superior y se sorprendió al notar el abandonado patio de los Perkins. Calculó y concluyó, orgullosa, que se encontraba en el origen de la luz que la guio la noche del terror, la que había empezado como una simple «pijamada» y terminó en una carnicería a ciegas. Suspiró y esperó, tranquila, el regreso de Deisy. Le solicitaría buscar a sus padres, y una vez con ellos, que informara a las autoridades. Sonrió.

No podría calcular cuánto tiempo estuvo allí frente a la ventana, pero algo llamó su atención. Cuatro montículos de tierra fresca en un claro del enmarañado patio. 
De pronto unas voces la regresaron del ensimismamiento en que se encontraba. 

─Entonces, ¿está tras esa puerta?
Reconoció la voz aguda y exasperante de la señora Perkins, la madre de Laura.
─Sí, querida. La hallé frente a mi porche ─contestó Deisy. 
Tan solo las separaba la puerta de la habitación. 
─La pobre apenas estaba viva. Perdió mucha sangre, pero con mis cuidados pude salvarla. ¿Qué tal estuvo el juego esta semana, Ramona?
─Mucho más emocionante que de costumbre, Deisy.
Melissa contuvo la respiración. 
─¿Dices que está en esta habitación?
─Sí. Debe de estar dormida ─Hubo un silencio eterno─. ¿Entonces me permitirás participar en el juego, querida?
─Lo siento, Deisy, es una tradición de familia. Te lo he dicho mil veces.

Era imposible. Golpeó la ventana con todas sus fuerzas, pero estaba demasiado débil. Y aunque hubiese destrozado el vidrio, gruesos barrotes de hierro le impedirían escapar. Gritó, pero su voz se ahogó en las paredes de aquel encierro. Debía salir, debía escapar. No era justo, era una sobreviviente, era…

Unas gruesas manos la tomaron por los hombros, y antes de reaccionar estaba siendo arrastrada hacia algún lugar, mientras Deisy recogía, con cuidado, el plato de la mesa.

Robert Parker

El agente, encargado de realizar las entrevistas tras la desaparición de las cinco chicas en San Bruno, bebió con ganas el café que el Señor Perkins le había servido. 

─Entonces, no tiene idea de dónde puedan estar las jóvenes ─comentó subrayando en su cuaderno «Callejón sin salida», justo debajo de una serie de apuntes obtenidos tras un largo día de trabajo, vivienda por vivienda.

Los Perkins, al igual que la mayoría de familias del barrio, se le antojaban demasiado aburridos y «normales». Por más que se preguntaba, no lograba dar con algún rastro de las jovencitas, reportadas como desaparecidas tres días después de la pijamada, el último lugar en que estuvieron juntas antes de borrarse del mapa.

─No, señor agente ─agregó la Señora Perkins, devorando uno tras otro los pequeños pastelitos de chocolate que su esposo había puesto sobre la mesa de la sala antes de perderse por una puerta─. Siento mucho no ser de ayuda en su investigación. Es una terrible tragedia para esas familias.
─Es verdad.

Parker estaba convencido de que en un par de semanas alguna estación informaría de las cinco chicas divirtiéndose en Las Vegas, por lo que pocas veces se tomaba en serio estos asuntos; además, su atención giraba alrededor de un asesino serial que acechaba en la ciudad.

─Señora Ramona, agradezco su atención ─dijo levantándose del sillón y guardando la libreta en su chaqueta. Hacía frío afuera─. Ante cualquier novedad le agradezco que se ponga en contacto conmigo. Por ahora dele mis saludos a su señor esposo, y dígale que los pasteles estaban deliciosos.
─Ha sido un placer ─respondió con su extraña voz chillona─. ¿Puedo hacerle una pregunta antes de que se vaya, agente?
─Por supuesto.
─¿Hace usted ejercicio?
─Un poco. Los fines de semana acostumbro a correr, o a ir al gimnasio. ¿Por qué esa pregunta?
─Por nada, por nada.

De camino al automóvil, parqueado al final de la calle, se detuvo e introdujo las manos en los bolsillos de su chaqueta. Suspiró. Algo no encajaba, y lo sabía. Permaneció de pie durante casi un minuto intentando ordenar las piezas del rompecabezas y regaló un último vistazo a la casona de los Perkins.

─Eres un paranoico, Robert.

Una vez al volante resolvió, de buenas a primeras, hacer una parada en el Casino Moneda Roja. Jugaría un poco a la veintiuna, y bebería un par de cervezas para relajarse. Después de todo estaba confirmado que un poco de juego no le hace daño a nadie. 

6 comentarios:

  1. Buenísimo Piper, me ha gustado muchísimo. Y la frase final... ¡sin palabras!

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    1. Hola, Luna. ¿Te gustó? ¡Qué bueno! Y la frase final ni mandada a hacer. Gracias por pasarte, chula.

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  2. Enhorabuena, es una historia terrorífica. Me ha gustado mucho la composición. Una frase final que hace pensar. Un abrazo.

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    1. Hola, Merche. Es un honor recibir tus elogios. Muchas gracias por pasarte y leerlo. Cuídate, chula.

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  3. Gran relato, que me resulta conocido XD.
    Me alegra mucho ver que retomas la sección poco a poco. Estaré atento a tus próximos textos.

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    1. Hola, Roberto. Pues no sé por qué lo tenía guardado ahí en el baúl de los recuerdos. Agradezco que te hayas pasado por aquí, mi amigo

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