Diversidad y representación en la literatura

6 formas creativas de empezar una novela o relato

Una de las mayores dificultades que enfrentamos los escritores es poner en marcha una idea y lograr engranarla en una historia o un relato de manera efectiva.

"Breve explicación de varios inicios de los que podemos aferrarnos para empezar nuestras historias"

Cuando nos encontramos a la hoja en blanco y la musa parece haberse ocultado bajo la cama del vecino, podemos aferrarnos a ciertas herramientas como generadores aleatorios de ideas o técnicas literarias para superar el bloqueo. Pero la entrada de hoy no trata sobre cómo superar el bloqueo literario ni sobre ejercicios o programas para ello, es acerca de los diferentes tipos de inicios comúnmente usados para novelas o capítulos, de los que podemos aprender bastante si prestamos atención.

Para los que ya ha realizado seguimiento a esta idea, sabrán que también llevo un listado de posibles finales a usar, artículo que ya va por la cuarta entrega. 

Es interesante que en la mayoría de inicios encontramos como ejemplo a Stephen King (para muchos considerado escritor basura), lo que demuestra su versatilidad y capacidad para crear comienzos diferentes e impactantes en todas sus historias. 

Para saber más sobre esto de los comienzos, continúa leyendo.

Prólogo de acción

Los suscriptores de Antro Narrativo recibieron una explicación mucho más amplia sobre esta entrada, que como su nombre lo indica, trata de un inicio emocionante y absorbente. Nada de lentitud, monólogos o pensamientos. Movimiento, movimiento y más movimiento. En esta entrada doy 8 consejos sobre escribir acción que pueden ayudar a gestar su obra con este tipo de inicio.

La mayoría de las veces las escenas de acción se incluyen como prólogos, en los cuales se muestran bien sea un acto vertiginoso o un asesinato, para luego dar paso a la historia en sí.

Es uno de mis comienzos preferidos, pues engancha de una vez sin darle tiempo al lector de dejar la lectura.

El inicio de La sangre del Dragón de C.L. Werner.


Sicho giró el cuello dentro del lazo de áspera cuerda donde lo tenía metido. ¿No era ya bastante malo que fueran a ahorcarlo, que encima tenían que prolongar las cosas? La cuerda estaba irritándole la piel hasta el punto de resultar insoportable, y le causaba una comezón que sus manos, atadas a la espalda, no podían aliviar.

Después del final

Algo terrible le sucedió a la humanidad, pudo ser una guerra nuclear, una epidemia de alcances épicos, un desastre sobrenatural, el cambio climático, un ataque de muertos vivientes o de extraterrestres, cualquier cosa. Lo importante en este inicio es que la humanidad ha sido devastada casi en su totalidad.

Y ese grupo sobreviviente es la razón de la historia. La trama girará alrededor de los pocos que quedaron, quienes además de los conflictos sociales, deben enfrentar los efectos de ser los pocos que quedan sobre la faz de la tierra. Esta historia es la que normalmente llamamos Posapocalíptica.

Uno de los ejemplos más reconocidos es el libro Cell de Stephen King.

Día 1 de octubre: Dios está en los cielos, la bolsa está a 10.140, la mayoría de los vuelos llegan a tiempo y Clayton Riddell, un artista de Maine, casi salta de alegría por BoylstonStreet, en Boston. Acaba de firmar un contrato para ilustrar un cómic que le permitirá mantener a su familia con su arte en vez de tener que dar clases. Ya ha comprado un regalo a su sufrida mujer y tiene claro lo que va a regalar a su hijo Johnny. ¿Por qué no también algo para sí mismo? Clay presiente que las cosas van a ir mejor, pero bruscamente se trastorna todo: se produce una devastación masiva, causada por un fenómeno que más adelante llamarán El Pulso, que se reproduce a través del teléfono móvil. De todos los teléfonos móviles. Clay, junto a unos cuantos supervivientes desesperados, es arrojado a una edad oscura, rodeados por el caos, la hecatombe y una masa humana degradada a su estado más primitivo. Esta novela fascinante, absorbente y cruel no solo hace la pregunta «¿Me oyes?», sino que también responde, y de una forma muy, muy inquietante.

Apertura dramática

Dar inicio con una apertura dramática en la cual alguien huye en mitad de la noche lluviosa, hay sombras tras él y por más que aumenta la velocidad, parece que se acercan más y más, es además de divertido, ingenioso. Nuestro perseguido, oculto tras una chaqueta negra, gira en un callejón sucio, está herido y sin armas... la tensión aumenta a cada paso.

Pues eso, es una escena para introducir al bueno o al malo en la historia. En este tipo de apertura las condiciones son óptimas para el perseguidor, que con seguridad es el villano (el viento fuerte parece no afectarle en su camino, mientras que su presa avanza con dificultad).

Esta escena huele a miedo y suspenso. A diferencia del Prólogo de acción, en vez de acción, hay drama, aunque bien puede convertirse más adelante en una escena de acción, según el autor.

En el libro Ojos de Fuego de Stephen King lo encontramos

— Estoy cansada, papá —dijo impacientemente la niña de los pantalones rojos y la blusa verde—. ¿ No podemos detenernos?


—Aún no, cariño.

Era un hombre corpulento, de anchas espaldas, y vestía una chaqueta de pana, usada y raída, y unos sencillos pantalones deportivos de sarga marrón. Él y la niña caminaban cogidos de la mano, calle arriba, por la Tercera Avenida de la ciudad de Nueva York, deprisa, casi corriendo. Él miró por encima del hombro y el coche de color verde seguía allí, rodando lentamente por el carril contiguo al bordillo.

Inicio triste

La primera escena es triste, casi aterradora, con acontecimientos que pueden arrugar el corazón de los lectores, como un funeral, una despedida o un asesinato. En conclusión, las cosas empiezan mal y desde allí se desprende la historia. La realidad puede ser triste y deprimente.

En El Libro del Cementerio de Neil Gaiman nos encontramos con el asesinato de la familia de Bod en sus primeros párrafos.

Cabía una mano en la oscuridad, y esa mano sostenía un puñal, cuyo mango era de brillante hueso negro, y la hoja, más afilada y precisa que una navaja de afeitar. Si te cortara, lo más probable es que ni te enteraras, o al menos no lo notarías de inmediato. El puñal prácticamente había terminado lo que debía hacer en aquella casa, y tanto la hoja como el mango estaban empapados. La puerta de la casa seguía abierta, aunque sólo un resquicio por el que se habían deslizado el arma y el hombre que la empuñaba, y por él se colaban ahora jirones de niebla nocturna que se trenzaban en el aire formando suaves volutas. El hombre Jack se detuvo en el rellano de la escalera. Con la mano izquierda, sacó un enorme pañuelo blanco del bolsillo de su abrigo negro, y limpió el puñal y el guante que le cubría la mano con la que lo había empuñado; después, lo guardó de nuevo. La cacería casi había terminado ya. Había dejado a la mujer en su cama, al hombre en el suelo del dormitorio y a la hija mayor en su habitación, rodeada de juguetes y de maquetas a medio terminar. Sólo le quedaba ocuparse del más pequeño, un bebé que apenas sabía andar. Uno más, y habría acabado su tarea.

Apertura con el villano

Este inicio está relacionado directamente con los anteriores, pues empezar con el villano significa un Inicio triste, una Apertura dramática e incluso un Prólogo de acción. Lo que sucede es que es el momento exacto para caracterizar al personaje antagonista y dejar claro a los lectores quien es el malo en la historia.

La zona muerta de Stephen King abre con un desconocido Greg Stillson, vendedor de biblias ambulante, asesinando a un perro. Más adelante veremos como este personaje es el antagonista principal de la novela.

Luego de entrar en escena y tras unos párrafos de apertura, Greg nos revela su verdadera personalidad

–¡Hijo de puta! –exclamó Greg, furioso y sorprendido, y pateó nuevamente al perro, esta vez con la fuerza necesaria para hacerlo rodar por el polvo. Avanzó de nuevo hacia el animal y le asestó otro puntapié, sin dejar de vociferar. Entonces el perro, con los ojos lacrimosos y el hocico afiebrado, con una costilla fracturada y otra dislocada, comprendió que corría peligro en presencia de ese loco. Pero ya era demasiado tarde. Greg Stillson lo persiguió por el patio polvoriento de la granja, resollando y gritando, con las mejillas empapadas en sudor, y siguió pateándolo hasta que el animal quejumbroso apenas pudo arrastrarse por la tierra. Perdía sangre por media docena de heridas. Estaba agonizando.–No deberías haberme mordido –susurró Greg–. ¿Me oyes? ¿Me oyes? No deberías haberme mordido, perro de mierda. Nadie se cruza en mi camino. ¿Me oyes? Nadie. Le asestó otra patada con la puntera ensangrentada del zapato, pero el animal apenas pudo emitir un gorgoteo ahogado. No era algo que pudiera darle mucha satisfacción. A Greg le dolía la cabeza. Era el sol. La carrera bajo el sol en pos del perro. Podría considerarse afortunado si no se desmayaba. 

Prólogo prolongado

Los que vivimos entre libros, nos hemos identificado con prólogos que podemos llamar relativamente cortos. Un par de páginas descriptivas e introductorias para luego entrar en la historia como tal.

Esto no ocurre en este tipo de inicio, en el cual se desafía lo cotidiano y el autor se explaya en hojas y hojas de preludio. 

Es bastante arriesgado usar un prólogo prolongado, pues el escritor debe saber detenerse en el momento justo para no llegar a convertirse en parte de la historia, cubrir las expectativas del lector y tener concordancia con el resto del libro (No estaría bien un prólogo de cincuenta hojas en un libro de tan solo cien hojas).


En It (eso), Stephen King nos muestra en su prólogo de casi cien hojas, como los personajes principales comienzan su regreso a Derry.

Para terminar, seleccionar el inicio correcto es la clave del éxito en muchas historias, especialmente de ciencia ficción, pues es ahí el momento en que enganchamos al lector o lo echamos todo a la basura.

Sea cual sea la forma de abrir nuestras historias es vital llamar la atención de quien la lee, pero más que llamar su atención, debemos expresar verdadera calidad literaria en cada palabra.

O que lo diga Gabriel García Márquez.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

Y ustedes ¿Tienen alguna idea para dar inicio a su próxima historia? 
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